Estaban todos reunidos en el jardín infantil: los padres de familia sentados a partir de la segunda fila de la capilla; llegaban hasta el fondo y los flashes agujereaban el espacio. Pupilas dilatadas, ahogadas en un segundo de blanco. En la primera fila la directora del jardín, una tal Edilma. Los niños se preparaban para salir y hacer una representación.
-¿Qué pasa?
¿Qué van a hacer? –pregunta Clau y Sandra responde que era una versión “como de
Cats, ni idea, una maricada así por el estilo”, que nunca le entendió a la niña
porque no hablaba bien todavía. ¿Cats es gato en inglés? -ella lo miro y le acarició
el hombro-, pero creo que luego… ah no, antes, va a salir Zuzka para recitar
algo. Una cosa que al parecer ella le dictó a la profesora. Yo la pegué de la puerta
de la nevera pero nunca la vi, ¿Tu la leíste? –la respuesta fue un gesto de
silencio, que mirara, pues el discurso estaba acabando y Zuzka ya estaba
montando las escaleras de la tarima para comenzar el acto de clausura.
La niña se acercó
al micrófono. Tenía un moño azul en el pelo. Divina –pensó la directora del jardín-.
La niña pronunció
un discurso y no paró sino cuando su voz fue sepultada por los aplausos. Clau y Sandra
fueron felicitados por todos los padres de familia y recibieron los elogios
como en una especie de bruma. Gracias, gracias. Qué niña tan divina. Gracias.
Gracias, la suya también. Clau y Sandra no podían dejar de sonreir cuando a
Zuzka le dieron el diploma al compañerismo y la sobriedad. No le digo, es
divina esa muchachita. Gracias.
Clau bajó esa mañana, pues era el primero en levantarse, y luego de bogarse un café con leche tomó con sus manos el papel del poema de Zuzka y se lo llevó a la sala para leerlo. Se puso las gafas y el mensaje absorbido por sus ojos susurró las siguientes líneas a su cerebro: Un ojo, el izquierdo me molesta un poco. Creo que se quedó dormido y el mundo lo veo puesto en la canción Alina, de Arvo Pärt. Las partituras de la luz anuncian lentitud, casi quietud; las ondas al moverse no conjuran el viaje de la materia; su choque es suave y el mundo parece hacerse a un lado para ser invisible, o lo que es peor, para ser opaco. Froto mi ojo y contengo las ganas de sacarlo para sentir el dolor que traerá el fin. Nada, o lo que es peor, lo mismo: el ritmo lento de la luz en su descenso. La lanza que no puede ser arma pues la ira que la baña y la arroja, sólo consigue que se desvanezca en la carne del fantasma. Deseo sin referente, energía que sigue su camino hasta dejar de ser. Refracciones sobre las mansiones de la carne, pulsión de muerte que se esfuma ante la presencia aterradora de un charco magma.
Vieron
entonces la presentación de Pavlo, el otro niño. Fue un asco pero igual los padres
de familia no pudieron dejar de estrecharles la mano y recibir un gracias a
cambio.
Esa noche
salieron a comer todos juntos. Llegaron a la casa todos juntos. Se fueron a la
cama todos juntos. Y soñaron todos juntos, todos estaban en los sueños de todos
y sonreían y decían gracias en unas burbujas que –en el sueño- resultaron ser
los ojos de un pez piloto, gordo, torpe, pero bonito.
Uy, esta
muchachita sí es una pepa –dijo Clau mientras buscaba el control del televisor
de la sala. Estaba debajo de un cojín.
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