martes, junio 26, 2012

Ni fu, ni ral

Recuerda, un poco con nostalgia, la primera vez que estuvo vivo. Después de la vida, hay otra vida. Su vida, vista en dos dimensiones, le permite ir a buscar el hongo verde que se desliza suavemente por la pantalla. Esto, es un recuerdo falso, salido de un juego de Nintendo cuyo nombre no vale la pena poner en evidencia. En fin, recordaba la primera vida. (Recuerdo). Abrió su cuaderno, naranja, y cuando comenzó a pasar las páginas atrajo la atención de su querida. Ella pidió entonces poder ver el cuaderno. Sin conocer la lengua conjuró una tormenta en una frase: “suicidio simbólico”. La tormenta duró varias lunas y varios soles. Esto ocurrió dentro de un bus, esos truenos desencadenados por una mirada a un cuaderno. La ciudad a la que llegaron era hermosa. A esas calles se aferran recuerdos tristes, no tristes para él sino para ella, y que él trató de acompañar, sin éxito. (Hasta aquí el recuerdo). En fin, así transcurría la vida la primera vez que estuvo vivo. Muere hablando por teléfono. Parece que lo hubiera asfixiado alguna especie de ausencia, una palabra, un no, por ejemplo. Los médicos no se lo explican y así aparece en el informe: no-se-lo-explican. Lo curioso de todo esto es que su cadáver ya había aparecido hace algunas semanas. Hacía un mes lo vieron pasar por la aduana y hasta un tipo de bigote le entregó un papel para que declarara sus bienes. No dijo nada pues la lengua estaba amarrada por una especie de maldición. El informe médico da cuenta de una especie de gruesas líneas negras. Al parecer una especie de magia negra impedía al cadáver manifestar su voluntad. Su cadáver estaba ya presente antes de morir. Todo ocurrió de forma repentina. Ya fuera de su cuerpo se vio agonizando, pero cuando quiso ayudarse un animal sagrado se opuso. No, dijo, y ese no parecía al no pronunciado en el auricular. Lo que pasa es que se van las horas como en una historia, continuó diciendo. La vida es literatura y nada más; cosas que valen la pena ser contadas; escándalos y besos prolongados o su ausencia, corta o igual de prolongada, caídas, gente sentada, ojos parpadeando, pantallas vacías, problemas y soluciones, lágrimas, sonrisas, cosas que se caen y se quiebran y luego vuelven a pegarse para luego volver a caerse e ir a parar a la basura, manos que se toman unas a otras, labios de los que salen dulces voces, roncas voces, de los que no sale nada, de los que sale el mundo entero, labios que al moverse derriten el mundo entero, caderas, corazones llenos de todo, llenos de nada, corazones, picas, naipes, odio los naipes, dijo. Literatura, cadáveres que se pudren en las calles, cadáveres hablando en un bar, diciendo tonterías bajo el Sol. Literatura, sudor, hambre, sueños, sueños: cabezas aladas y animales dorados que se alimentan de niebla. Literatura, dijo. El entendió, por fin entendió, pero no por eso no derramó lágrimas cuando vio que de sus propios ojos se escapaba la vida, la fuerza de luchar; una madeja que se incendiaba frente a un gato atado a una silla; así se sentía y las lágrimas corrían por sus mejillas. Ese día el animal sagrado le enseñó cómo podía invocarlo. Lo invocó con la paciencia del ritmo de sus pulmones mientras miraba por la ventana. No sé si me recuerdas, dijo, pero ya nos habíamos visto, ya lo habías hecho en una estación de tren de Courbevoie, somos animales sagrados e invisibles, de esos que solamente revelan su presencia en la lluvia al colarse por los muros, dijo. Te invoco, animal sagrado, dijo, y él respondió gracias para luego sonreír y fundirse en sus recuerdos. Vístete que vamos para un funeral, dijo el animal sagrado, el tuyo, continuó, siempre habías querido asistir a tu propio funeral, hoy, el día de hoy a eso de las 12 y algo tu deseo se hace realidad, ponte el traje o ponte cómodo que nos vemos; un animal sagrado le habló y le dijo donde ir antes de desaparecer en sus recuerdos. La hora, también le dijo a qué horas estar listo. Había mucha gente en el cortejo fúnebre, aunque a medida que se acercaban al cementerio algunos iban saliéndose de la multitud. Eso, debido a que únicamente había unas pocas invitaciones para ver la cremación que habían sido distribuidas por su abogado el día en que se murió, él. Mierda. Eso dijo porque no se acordaba. Unas horas antes, todo transcurría con lentitud en la sala de velación. Ahora, rumbo al cementerio, el Sol radiante –en todo su esplendor- y una lluvia pesada aceleraba las cosas de manera interesante. Caminaban y la lluvia escondía sus pasos. En la sala de velación estaban los de siempre y los amigos de su familia. El proffesor Pessoa, también Blodhaussen, incluso fue de Amicis –a quien siempre imaginó tarde y enviando alguna tarjeta a la casas de sus padres, de esas que dice: so what? So fucking what!?-, abogados, pintores y hasta don Adán. Gente bonita y un grupo de asesinos a sueldo que tocaba instrumentos de cuerda; dos arpas, una guitarra, un charango y un contrabajo. Lamentó la ausencia de su amiga Aja, ella tocaba su instrumento favorito, la flauta traversa. Recuerda haber iniciado una pelea en un bar porque un tipo dijo que era un instrumento normal. Perdió esa pelea pero logró encajar algunos buenos golpes, golpes que lo tranquilizaban y que hacían gratos sus días en esas dos semanas que pasó en el hospital. Estaba también el muppet Enao, en un rincón tomando tinto, recuerda. Groncho Parra, Tamtam, Momo, la Larva y su beloved father & madre y Gustavo Echeverri, la Ficciones, Satanás, Fulinton –¡cómo no!-, Daniel Ospina y Laura Ospina, Julieta, Oscar, la tía papito, la tía Rita, todos, hasta Enriqueta estaba bailando en tercera dimensión al lado de la puerta de la cafetería, Klimt, Wevo, Moser, Jirka Menzel, Magris, Irene Ángel, Monique, Pastorete, Martha, el sensei Medina, el sensei Restrepo, el Dr. Chanclapumma y el biscocho de su esposa. (Los restos del naufragio a partir de 1:54). Su mamá estaba muy contenta pues le gustaban los funerales, hablar con la gente y tomar tinto. Su papá lo vio, se arregló el saco y con la cara roja de la ira fue directamente a hablarle y le dijo que era una irresponsabilidad total hacer un funeral ahora, para qué, por qué hombre hace eso si Usted está vivo. Respete. Eso se lo dijo en el baño cuando lo vio tratando de esconderse. Los papás tienen esa facultad: ver a los hijos cuando tratan de esconderse tras el aire, tras la nada. Hijo, dijo su padre, Usted sabe que yo lo apoyo en todo lo que Usted quiera, pero esto de morirse antes de dejar de existir es una güevonada, no, no, no, respete, y métase la camisa pues siquiera, hombre, hablamos mañana. Yo voy a estar afuera al lado de su cadáver… que es más falso que un hijueputa, al lado de su mamá, ella está entretenida con la gente, San Jacobo le mandó saludes pues le tocó irse a llevar al Marranito, Usted sabe. Dijo, le dio un abrazo, un pico y se fue cantando paparipapá. El Cura Ochoa también estaba ahí; había dado misa y se paseó por la sala de velación un rato. Ese malparido, pensó, pero luego se dio la bendición y simplemente lo ignoró. Continuó enumerando caras. Es gracioso saber que no todos tienen el privilegio de sobrevivir a la vida, a la muerte –que es casi lo mismo-, para ver quiénes van al entierro, pensaba. Bueno, en fin, ceremonia corta, un par de canciones, California Dreamin’, y otras tres, a no, entonces cuatro, luego dijeron otra y otra se tocó el grupo, no, entonces no fueron cuatro, sino cinco, pero ese número no le gustaba a mi hermano, dijo San Jacobo, que repitieran las primeras cuatro para que todo quedara según el testamento. Y así se hizo, cuatro canciones, las mismas, California Dreamin’ y otras tres. Todos tenían un buen semblante, no se veían tan tristes y eso lo tranquilizaba, pues lo querían mucho pero no lo amaban locamente, desmesuradamente, sin mente, y así no se puede amar o por lo menos no a personas sin la misma sangre. O detto. Afuera el Sol y una lluva torrencial, dentro de la sala de cremación todos se limpiaban las lágrimas y los mocos y comían Galletas Festival.

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