Cuando las mataron se dieron cuenta: esos cadáveres habían acabado con muchas personas. Sus ojos -ahora cerrados- habían visto muchas caras suplicantes. Sus garras -ahora quietas y contraídas- se habían cerrado en innumerables cuellos dejado salir la espuma y los huesos. Sus bocas -ahora secas- habían succionado muchísimos ojos. Ríos de sangre y tripas.
Eran mujeres,
obviamente eran monstruos. Sus caras lucían tranquilas. La quietud que se sentía daba fe de que momentos horrendos, más violentos, vendría después. Era cuestión de minutos. Pronto las tumbas se abrirían y -nuevamente- los ríos romperían en miles de trozos la noche. Los gritos se oirían nuevamente y los dientes brillarían. La Luna y el vino estaban servidos.
obviamente eran monstruos. Sus caras lucían tranquilas. La quietud que se sentía daba fe de que momentos horrendos, más violentos, vendría después. Era cuestión de minutos. Pronto las tumbas se abrirían y -nuevamente- los ríos romperían en miles de trozos la noche. Los gritos se oirían nuevamente y los dientes brillarían. La Luna y el vino estaban servidos.Todos se miraron y salieron de la habitación. La puerta era muy estrecha; salían más o menos ordenados. El camino era largo; la quietud anunciaba lo peor. Pronto los chillidos de los insectos se transformarían en menudas gotas de sangre. Las garras. Los ojos desorbitados. Risas de mujeres. Cadáveres colgados entre los árboles. Uno de esos monstruos tenía novio. En la cafetería parecía un miquito con saco gris.
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